Ourense, 3 de agosto del 2020 | Ángela Vázquez lleva más de 40 años trabajando como enfermera de Pediatría y ya casi una década en el Centro de Saúde de A Ponte, en nuestra ciudad. Reconocida por su trabajo y dedicación a lo largo de estas cuatro décadas, se sienta con nosotros para contarnos de primera mano una de las experiencias más complicadas de su vida: haber superado el SARS-CoV-2. 

Ángela fue una de las trabajadoras de A Ponte afectada por el brote de Covid-19 que hubo en el centro sanitario, que implicó a varios médicos y enfermeras. A ella, el inicio del estado de alarma, la pilló ya con los primeros síntomas y fue de las primeras pacientes de esta enfermedad en Ourense.

Ya recuperada, recién incorporada a su puesto de trabajo y con más ganas que nunca de volver a ejercer su profesión, reflexiona precisamente sobre cómo ha afectado esta pandemia a la forma en la que los profesionales sanitarios se han involucrado con los pacientes, y sobre la soledad y angustia que sintió durante la evolución de su enfermedad.

Pregunta: ¿Qué síntomas tuvo?

Respuesta: Debí ser de las primeras enfermeras infectada de la ciudad. Fue el 13 de marzo. Yo trabajé ese día. Cuando salía a las 15h le dije a otra compañera que mi cuerpo no era igual que el de las 8 de la mañana. Según iban pasando las horas de ese día, sentía más dolor. Mis síntomas fueron: mucho dolor de huesos y mucho frío. Al día siguiente, cuando me levanté, seguía igual y, además, tenía una tos horrorosa.

P: ¿Qué protocolo siguió en ese momento?

R: El sábado hice las cosas como pude. Tuve que tomar un ibuprofeno porque ya no aguantaba. Ese día una compañera me mandó un mensaje y me dijo que era positivo y que me llamarían del 061, para hacerme el test.
El domingo 15, a las cuatro de la tarde, estaban en mi casa para hacerme la prueba. El propio domingo, a las nueve de la noche, me dieron el resultado positivo.

P: ¿Pasó la enfermedad en casa?

R: Yo estuve en casa hasta el 26 de marzo, controlada por el programa TELEA y me recomendaron hacer una analítica y una placa. Para mí eso fue una experiencia horrorosa porque el personal del hospital solo me reñía y me decían constantemente que el sitio al que iba no era el adecuado.

Finalmente, después de esperar una hora en el coche, porque nadie sabía por dónde tenía que entrar, vino un equipo de tres personas protegidas con EPIs, que ni me tocaron.

Después vino la celadora con una silla, bajé del coche y me sentó en ella. Estaba casi sin aire, porque en el coche hacía un calor asfixiante. Ni el encargado de turno, ni las tres personas con EPIs, le echaron una mano a la celadora con la silla, tuvo que ser mi marido quien la ayudó a subirme a la acera y a la sexta planta.

P: ¿Mejoró la situación cuando llegó a planta para hacerse las pruebas?

R: Allí nadie me escuchaba. Llegó un auxiliar y me dijo, con malas formas, que me cambiara de pijama y me lo tiró en la cama. No me cambié y, tras una hora, llegó el médico, con el que sí que pude hablar con calma. Tras una o dos horas vino una enfermera a decirme que podía irme a casa, pero que si en algún momento me encontraba peor debería volver para ingresar.

P: ¿Fue a mejor la evolución de la enfermedad estando en casa?

R: Pues la verdad es que el miércoles 26, me llaman por el programa TELEA, me oyen toser y me dicen: «llevas muchos días mal, este “bicho” nadie lo conoce, nos puede dar una sorpresa...es mejor que ingreses».

Me volvieron a llamar a los pocos minutos. Cogí un par de cosas y ya me estaba esperando allí el 061.

AngelaVazquez interior

P: ¿Qué fue lo peor de ver que tenía que ser ingresada?

R: Para mí, no fue tanto el ingreso, sino dejar a mi marido en casa y decirle adiós sin saber lo que iba a pasar. Pasé los primeros días sola en una habitación de la quinta planta pero después, me pasaron a la sexta con una mujer muy mayor, yo ahí me puse muy nerviosa y empecé a llorar, porque al fin y al cabo estábamos solas y no me veía con fuerzas de ayudarla. Me pareció bastante grave que pusieran conmigo a una persona que era parte de la población máximo rieesgo, aunque también tuviese la enfermedad.

He de decir que, tanto uno de los auxiliares de la planta como mi coordinador, que me llamó para interesarse por mí, estaban de acuerdo conmigo en que no era muy sensato hacernos compartir habitación.

P: ¿Ayudó en los cuidados de su compañera de habitación?

R: Estuve pendiente de ella y avisaba cuando pasaba algo. Finalmente falleció y también avisé yo a las compañeras. Estoy satisfecha porque no se murió sola.

Estuvo como 4 horas en la habitación, esperando que viniesen a recogerla. Estuve con ella hasta que se la llevaron, recé por ella y vi como la amortajaban, algo que, para mí, fue muy impactante.

Después, limpiaron la habitación e hicieron la cama, ya bien entrada la madrugada. Ahí ya perdí los estribos, no lo comprendí. Les dije que daba igual que fuese ‘de la casa’, que yo también era una paciente. No era momento para ponerse a limpiar la habitación cuando no hacía falta la cama, ni venir a hacer la cama. Estaba muy enfadada por el trato que habían tenido con nosotras.

P: ¿Cuánto tardó en poder volver a casa?

R: 8 días. Y sobre mi paso por el hospital, voy a ser sincera: era al principio y es cierto que los profesionales sabíamos poco, o nada, de este virus. Yo era autónoma, me hacía mi cama, intentaba hacer lo que podía, incluso intentaba dar el menos trabajo posible. Las compañeras entraban lo mínimo en la habitación, su preocupación era no contagiarse, evidentemente, pero ni te preguntaban cómo estabas ni te daban los buenos días.

Llamaban a la puerta y decían en mal tono: «¡mascarilla!». Te dejaban la comida en una bandeja... Nunca me preguntaron qué tal estaba, ni cómo había pasado la noche. A veces me sentía como una apestada, como si yo no me hubiese contagiado trabajando como ellas.

P: ¿Reprocha a las compañeras y compañeros falta de empatía con los pacientes?

R: Sí. Les disculpo porque no había supervisor y nadie sabía nada. Sin embargo, el sentir de todos los que estuvimos allí es la falta de empatía, la poca humanidad que había con los pacientes de la Covid-19. Evidentemente, yo hablo por mi experiencia. No sé cómo fue en el resto de las plantas.

Me sentí mejor tratada por la parte facultativa médica que por la parte de enfermería: se sentaban conmigo a pie de cama para hablar conmigo, me explicaban lo que necesitase...
Por parte de enfermería se salva un equipo y medio de los que me atendieron. Un equipo de enfermería auxiliar y una enfermera, de lo que había en esa unidad. Resumiendo, era sobre todo la falta de humanización y la falta de conocimiento sobre qué ocurría.

P: ¿En qué momento se sintió más sola?

R: El día que me dieron de alta. ¿Sabes quién me despidió cuando me iba? Eso fue sangrante: la señora de la limpieza, que estaba en la puerta esperando, imagino que para limpiar la habitación, y el chico de la ambulancia.
Allí no apareció ninguna enfermera, ni ninguna auxiliar. Nadie vino a decirme algo, una palabra de cariño. No fui despedida por nadie del personal sanitario, solo por el médico cuando me vino a dar el alta a primera hora. Nada más.

P: ¿Considera que la falta de empatía de la que nos ha hablado puede ser fruto del miedo o la falta de protocolos?

R: Miedo, falta de dirección porque estaban sin supervisión...un global de todo. Pero eso no quita que deban ser más humanas con la gente que está allí.

Aún hoy veo desazón, miedo entre las compañeras... Para mí, el primer día de reincorporarme a mi puesto, fue un día horrible. Falta protocolo, formación y, bueno, mucha empatía. La Enfermería de hoy no tiene color con la que existía cuando yo empecé. Estas nuevas generaciones...hay gente muy buena, pero hay gente que le falta la empatía y la vocación con la profesión. La Enfermería no es estar delante de un ordenador... También es cierto que a veces depende de los que están encima de nosotras para que registremos lo que a veces no hacemos.

P: ¿En qué momento se decide que puede usted volver a trabajar?

R: Desde que estoy de vuelta en mi casa, me sigue llevando el médico de cabecera, me siguen llevando por TELEA. Una vez que acabo con ellos, me hace el seguimiento la enfermera de mi centro de salud. Decido volver a trabajar un poco yo, consensuado con mi médico de familia.

Es cierto que, después de 4 meses, he comenzado a mejorar en la primera quincena de julio. No estoy al 100% físicamente, pero bueno, cada día un poco mejor.

P: ¿Cómo ha sido volver al trabajo? ¿Le han hecho pruebas otra vez?

R: Insisto, tanto por parte médica como de riesgos laborales, ha sido fenomenal. Cuando me volví a encontrar mal fui a Medicina Preventiva y me volvieron a mandar a Medicina Interna para realizar una nueva revisión. Ha salido todo bien e incluso me han confirmado que tengo anticuerpos.

P: ¿Tiene que tomar medidas especiales a la hora de volver a trabajar?

R: Sí, las mismas que todo el mundo: mascarilla, mucha higiene, en la consulta hago una gran limpieza...

P: Ahora mismo, ¿pasan consulta con normalidad?

R: Bueno, con normalidad... con “nueva normalidad”. Hay menos afluencia; se hace mucho servicio telefónico; no se junta la gente; se dan citas por teléfono, se hacen los controles, pero los imprescindibles. No se juntan allí muchas personas, sino que vienen a su hora y se van, y así sucesivamente.

No dejamos pasar más de un familiar con cada paciente, trabajamos con mascarilla y mucha higiene, la limpieza general del centro está mejorando poco a poco.

P: La atención primaria es la primera barrera en la detección de nuevos casos, ¿están preparados los centros para rebrotes?

R: Yo creo que no. De hecho, he pedido un día libre y no me van a cubrir. Volvemos a lo mismo, o cubren media jornada o no me cubren.
A ver, esto seguirá igual o peor. ¿Por qué? La población no ha castigado a los gestores políticos, han salido incluso reforzados. Así que seguiremos igual o peor.

P: ¿Falta personal?

R: Y va a seguir faltando.

P: ¿Hay suficientes medios técnicos?

R: Bueno, ahora hay muchos más medios de protección porque tiene que haber mucho más. Efectivamente, hay más geles, mascarillas, guantes, pantallas... No podría valorar mucho más en ese aspecto porque me he reincorporado ahora. Aunque sí es cierto que la limpieza tendría que reforzarse bastante más.

P: ¿Cree que la enfermera escolar es una necesidad básica en la próxima vuelta al cole?

R: Yo la defiendo. Hay gente que no está de acuerdo, que dice que eso es de comunitaria. Me da igual que sea de comunitaria o pediátrica, pero creo que sí, totalmente.

P: ¿En qué podría ayudar?

R: En muchas cosas. Pero el profesorado tiene que estar de acuerdo con su integración en las escuelas. Por ejemplo, en el tema de las vacunas: algunas personas siguen dudando de ellas. Yo creo que en medidas higiénicas, en el tema de las vacunas falta mucha información, aunque en la consulta siempre tratamos de solventar dudas. En la alimentación... En definitiva, hay muchos aspectos en los que las enfermeras podemos apoyar a las familias y hacer que los niños tengan una educación sanitaria adecuada. Yo creo que la enfermería escolar es importantísima.

P: Como personal sanitario y como persona que lo ha superado, ¿cómo ve las distintas posturas sociales respecto a que esto no es nada y que ya ha pasado lo peor?

R: Te lo resumo en una frase: un país de pandereta. No es otra cosa. Nadie se cree esto, nadie se acuerda de los muertos. Solo los que lo hemos pasado.

En general la gente me preguntó qué tal y se interesó, me ayudaron... pero hay otra gente, incluso compañeros, que ni te preguntan qué tal estás.

Esto nadie se lo cree, seguimos con nuestras fiestas, con nuestras juergas, reuniones, algunas personas van sin mascarilla... Creo que, socialmente, predomina la economía. La economía por encima de la salud. ¿Por qué? Porque la sociedad piensa que es nuestra profesión, que nos pagan por ello y que morir forma parte de la profesión.

Y, después, no admito que nadie diga que la Enfermería, o los sanitarios en global, nos hayamos infectado unos con otros porque nos reuníamos en nuestra salita a tomar café o a llorar. Eso no lo admito.

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