Florence Nightingale, la enfermera revolucionaria y la heroína de los hospitales

Publicado 21 febrero 2024. Fuente: La Vanguardia

POR  MARTA RICART

Florence Nightingale es un caso peculiar: es una de las pocas mujeres que ya fue reconocida en su época y por su obra, como impulsora de la enfermería moderna. Por eso, es un símbolo feminista. En mayo se cumplirán los 200 años de su nacimiento.

Le pusieron el nombre de la ciudad donde nació, Florencia, pero era hija de una familia inglesa acaudalada y liberal para lo que era la época. Su abuelo materno, William Smith, fue un parlamentario cristiano disidente, abolicionista de la esclavitud y simpatizante de la revolución francesa y parece que su nieta heredó su espíritu revolucionario y su reformismo social.

En ese tiempo, las mujeres, o eran criadas o señoras o cogían los hábitos y Florence Nightingale no encajaba bien en ninguno de esos papeles, como señala Anna Ramió, especialista en historia de la enfermería, profesora en el campus de Sant Joan de Déu y vocal del Col.legi d’Infermeres de Barcelona (COIB). Nightingale fue educada más que muchas damas de su época y, a diferencia de la mayoría de ellas, se negó a casarse y dedicarse a una familia.

Solo con 17 años dijo haber vivido “una llamada de Dios para hacer el bien”, pero no ingresó en un convento. Quería trabajar de enfermera o educadora de pobres o delincuentes. Ella misma reconoció que entonces solo se trabajaba si eras una mujer pobre o viuda sin recursos.

Al regreso de un viaje por Grecia y Egipto visitó (según algunas fuentes, enfermó y fue atendida allí) el hospital luterano de Kaiserswerth, en Alemania, y conoció el trabajo de sus diaconisas (cuidadoras). Decidió volver allí para aprender, pese a la oposición familiar.

Poco después, asumió un cargo en un centro asistencial de mujeres en Londres y empezó a analizar la asistencia que prestaban hospitales de esa ciudad y de París. En 1854, gracias a su amistad con Sidney Herbert, secretario de Estado de Guerra, logró que la mandara al frente de un grupo de 38 enfermeras a la guerra de Crimea (1853-1856), que libraban el Imperio ruso contra una alianza del Imperio otomano, Francia y Reino Unido.

La prensa la idealizó como “la dama de la lámpara”

La prensa, como The Times, reseñaba las penosas condiciones de los soldados y en un artículo creó su leyenda como “la dama de la lámpara”, que durante la noche iba por el hospital británico en Scutari (hoy, una zona de Estambul) cuidando de los heridos y enfermos. Se elogió su figura de “ángel cuidador”, pero su verdadero papel fue organizador.

Siguiendo las corrientes higienistas de un incipiente concepto de salud pública que luego arraigaría en Gran Bretaña, cambió los hospitales militares: acabó con las camas compartidas por soldados vestidos con sus sucias ropas, consiguió ropa de cama, habilitó una lavandería, hizo alejar el vertedero y logró ventilar las salas y mejorar la alimentación de los enfermos. Había pocos medicamentos y morían más soldados de infecciones y epidemias que por heridas de guerra. Nightingale mantenía que mejorar las condiciones ayudaba al organismo a curarse, ideas que formulaba desde un poso más religioso que científico, pero eran acertadas.

Peleó con militares, funcionarios gubernamentales y médicos. Ella criticaba su ineficacia y mala preparación y ellos tampoco tenían buena opinión de esa mujer que se metía en sus asuntos. Pero estando en Crimea ya se hizo muy conocida, se la homenajeó y se creó el Fondo Nightingale para formar a enfermeras, lo que le permitió seguir haciendo estudios, informes, teorizando sobre cómo mejorar los hospitales, la asistencia en India, la enfermería... Por ejemplo, influyó para que en 1860 se creara la primera escuela de Medicina Militar del Reino Unido.

En 1860 abrió una escuela de entrenamiento de enfermeras en el hospital Saint Thomas (hoy es la Escuela Florence Nightingale de Enfermería y Comadronas). Su escrito Notas sobre enfermería, qué es y qué no es (1859) se considera el primer plan de estudios de enfermería. A ella se debe también el código ético de la profesión y la mejora de la enfermería que atendía a domicilio, que se considera el primer paso del futuro Instituto Nacional de Salud británico. Su formación se exportó a otros países, desde India hasta Australia y Estados Unidos.

En 1860 creó la primera escuela de enfermeras

Pese a que poco después del regreso de Crimea empezó a sufrir problemas de salud (hoy se cree que pudo padecer un trastorno neurológico), se mantuvo activa incluso durante unos años que estuvo en cama. Murió a los 90 años (1910). Al parecer, su familia rechazó que se la enterrara en Westminster, donde reposaría junto a personalidades como Newton, Dickens, David Livingstone, Rudyard Kipling...

Su figura ha sido a veces de heroína romántica y se le dedicaron hasta poesías y pinturas (y estatuas y se le hizo biografías aún en vida). En el otro extremo, hay quien la ha tildado de beata, de ignorante (por negar los “gérmenes contagiosos”), se le ha criticado que no creyera en las aptitudes de las mujeres, en su profesionalidad (era contraria a una titulación y registro de enfermeras) o que pudieran votar.

Puedes leer la noticia completa en La Vanguardia.


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